Liturgia

¿Qué es la liturgia?

Es el conjunto de signos y símbolos con los que la Iglesia rinde culto a Dios y se santifica.

La Liturgia es el modo como la Iglesia en su cabeza y en su cuerpo místico o miembros puede ponerse en contacto y comunicación con Dios, a través de gestos, palabras, ritos, acciones y así poder participar de la maravillosa gracia de Dios, santificarnos y entrar en esa vida íntima de Dios.

Otra definición más formal sería ésta: liturgia es el conjunto de signos y símbolos con los que la Iglesia rinde culto a Dios y se santifica. Todas las acciones litúrgicas: oración, sacramentos están dirigidas, por tanto, a dar culto a Dios Padre, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo, y a la santificación de cada uno de los fieles que forman esta Iglesia de Cristo.

En palabras del papa Pío XII en su encíclica “Mediator Dei”: “La liturgia no es solamente la parte exterior y sensible del culto, ni mucho menos el aparato de ceremonias o conjunto de leyes y reglas…, es el ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo”.

En la Constitución Sacrosanctum Concilium, número 7, encontramos esta definición concisa: “ Es el ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo, por medio de signos sensibles, que realizan de una manera propia la santificación del hombre”.

La liturgia es, pues, el servicio que el hombre da a Dios, porque Él se lo merece. Y trae aparejada nuestra propia santificación, es decir, gracias a la liturgia nosotros nos vamos santificando, purificando, pues quien entra en contacto con Dios, recibe ese fuego divino que calienta, purifica y perfecciona.

En cada acción litúrgica que realizamos (participación en una misa, en cualquier sacramento, en la Liturgia de las Horas) Dios nos hace participes de su salvación.

Equipo Parroquial de animación litúrgica esta conformado por:

Los laicos pueden ayudar en una forma activa a los párrocos en la distribución de la Comunión, tanto en la misa como fuera de ella.

En muchas ocasiones, cuando asistimos a la misa dominical nos hemos topado con el curioso fenómeno de ver una larga fila en el momento de la comunión. Algunos laicos, hombres o mujeres, se acercan al sacerdote para ayudarlo a repartir la comunión. Nos asalta la duda: ¿quiénes serán esas personas? ¿Es correcto lo que hacen? ¿Puedo yo ayudar de la misma manera?

Esas personas son los así llamados ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. Es un ministerio laical contemplado en la Iglesia Católica y estipulado en el Canon 230, párrafo tercero del Derecho Canónico que dice: “Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión según la prescripción del derecho”. Y en el canon siguiente (231) establece que para ejercer este ministerio laical se requiere de la debida formación, conciencia y generosidad.

De esta manera los laicos pueden ayudar en una forma activa a los párrocos en la distribución de la Comunión, tanto en la misa como fuera de ella.

Para la constitución de este ministerio se requiere la existencia de una necesidad dentro de la Iglesia. ¿Cuál es esa necesidad? El documento pontificio Immensae caritatis del 23 de enero establece específicamente los casos en que la Iglesia considera que existe esa necesidad y son los siguientes:

a) Que no haya sacerdote, diácono o acólito que pueda repartir la comunión.

b) Que habiéndolos, no puedan administrar la comunión por impedírselo otro ministerio pastoral, o la falta de salud o la edad avanzada.

c) Que sean tantos fieles los que pidan la comunión que sería preciso alargar demasiado la Misa o la distribución de la comunión fuera de ella.

De esta manera podemos estar seguros de que la Iglesia siempre mira por las necesidades de sus hijos. Y de esta manera, bien sea por criterios de practicidad para obviar filas inmensas que retraerían a muchos de acercarse a recibir la comunión o prácticamente no daría tiempo de repartirla, o ante la falta de sacerdotes o personas idóneas como en el caso de las misiones, la Iglesia vela por hacer accesible el Cuerpo de Cristo a quien lo necesite.

Para recibir este ministerio el mismo documento Immensae caritatis pide que el fiel, hombre o mujer que será instituido como ministro extraordinario de la Sagrada Comunión, deba estar adecuadamente instruido y ser recomendable por su vida, por su fe y por sus costumbres. Incluso utiliza unas palabras muy exactas sobre la idoneidad de la persona, que transcribo a continuación. “No sea elegido nadie cuya designación pudiera causar admiración a los fieles”.

¿Quieres ayudar a la Iglesia católica? ¿Has pensado en cuantas personas dejan de recibir a Jesucristo en los hospitales, en las cárceles, en los asilos de ancianos o en sus casas, porque el párroco no tiene prácticamente el tiempo y no tiene personas que le ayuden?

Quizás tú puedas ser un ministro extraordinario de la Sagrada Comunión. Acércate a tu párroco y ponte a su disposición.

Algunos creen que ser monaguillo es sólo un camino para ser sacerdote pero no siempre es así.

1. ¿Qué es un monaguillo?

Los monaguillos, son niños y jóvenes que prestan su servicio en el altar del Señor durante las celebraciones litúrgicas. El término «monaguillo», viene de «monjecillo» o «pequeño monje», esto como fruto de la actitud de servicio y espiritualidad en la labor pastoral de estos niños. 

Ser monaguillo puede ser una verdadera escuela vocacional, pero no solo en miras a la vocación sacerdotal o religiosa, sino sobretodo a la vocación bautismal, pues las escuelas de monaguillos son un proceso de discernimiento y discipulado cristiano. 

Ser un monaguillo es ser un cristiano que busca seguir a Jesús cada vez más de cerca, escucharlo, verlo e imitarlo, para a su imagen ser verdaderos hombres de fe. 

2. ¿Quién puede ser monaguillo?

Monaguillo: ¿Quién puede serlo y qué hace?

Monaguillo puede ser todo niño o adolescente cristiano que busque tener una mayor cercanía con Jesús. En algunos lugares se les pide a estos niños el haber recibido su primera comunión para que participen más plenamente de la celebración eucarística a la que sirven con tanto amor. 

Todo aquel niño o joven que, enamorado de la Eucaristía y de la Iglesia, busque tener una relación estrecha con Jesús y seguirle puede convertirse en uno. Esta también es un llamado que Dios puede poner en el corazón de los más jóvenes. 

3. ¿Qué hace un monaguillo?

Monaguillo: ¿Quién puede serlo y qué hace?

El monaguillo es un servidor por excelencia, su tarea es la de servir en el altar y en las celebraciones de la liturgia. Debe ayudar tanto al sacerdote como a la comunidad en el hacer más solemne, por lo que está sirviendo al mismo Cristo que se hace presente en la celebración.

Pero su tarea, como la de todo cristiano, es dar verdadero testimonio de discipulado. Pensemos por ejemplo en que muchas personas por ver al monaguillo distraído en el altar, pierden la concentración, por esto su actitud y testimonio constante son muy importantes, en especial durante la misa. 

4. ¿A quién sirve?

El monaguillo sirve al sacerdote en la celebración litúrgica, y por medio de este servicio está sirviendo a la comunidad en general, pero de manera espiritual. Su servicio va más allá, pues le está sirviendo al mismo Jesús presente en el altar, en el sacerdote y en la asamblea. 

Jesús en el lavatorio de los pies se hizo servidor de todos, del amigo y del traidor, del que ama y del que niega. El monaguillo está llamado a ser servidor como Jesús, es decir, él sirve a todos de manera desinteresada, cariñosa y generosa.

Cuando un lector proclama, está ejerciendo un Ministerio tan importante, como el del Sacerdote y el diácono.

La Proclamación de la Palabra de Dios es Misión Divina y Misión Humana
Jesús en su ultimo mandato se dirigió no solamente a los Sacerdotes y diáconos, sino también a nosotros los laicos, que tenemos también el legítimo derecho de proclamar la Palabra de Dios.

Cuando hablamos de proclamar la Palabra de Dios, estamos hablando de comunicar lo que Dios quiere decir a su pueblo, de lo que el Señor, creador y Padre de todos, quiere poner en la mente y el corazón de los que lo escuchan, siempre con la finalidad de que esa Palabra produzca frutos de vida eterna.

Entre las distintas formas de evangelización que hay en la Iglesia una de ellas, con frecuencia poco valorada, es la de la evangelización a través de la música, y especialmente de la música litúrgica. En nuestras celebraciones merecen una atención especial todos aquellos que de algún modo prestan el precioso servicio del canto y de la música, quizá tanto como el de quien sirve a la Palabra celebrada puesto que forman parte de la tradición de la Iglesia. Ya desde el Antiguo Testamento encontramos una invitación a dirigirnos a Dios con cantos: «Cantad a Dios, cantad» (Sal. 47,6). No sabemos cómo dirigirnos a Dios y por eso le invocamos con himnos y cánticos inspirados. Toda la asamblea, toda la comunidad, es la que canta los salmos “con una sola voz”. La Iglesia primitiva oró con los salmos (el cantoral de la Biblia) y los cantó como himnos de Cristo. Es muy sugerente en este sentido la expresión que utiliza J. Ratzinger de que Cristo, mediador entre Dios y el hombre, «se convierte en director de coro que nos enseña el canto nuevo, que da a la Iglesia el tono y le enseña el modo de alabar a Dios correctamente y de unirse a la liturgia celestial» (Un canto nuevo para el Señor, p. 116). Por tanto, celebrar lleva consigo inseparablemente la acción de cantar. Cantores, coro, salmista, director, organista e instrumentistas, asamblea toda, desarrollan, cada uno por su parte, un papel nunca suficientemente valorado. Música y canto no son elementos accesorios ni satisfacción estética de quien los escucha, sino que pertenecen al Pueblo de Dios orante siendo en sí mismos un medio de implicación y participación formidables.