Martes 13 de octubre
RESUMEN DEL EVANGELIO, MARTES 13 DE OCTUBRE
Lucas 11, 37-41: Hay que purificar sobre todo mi corazón.
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entrando, pues, se puso a la mesa. Pero el fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer. Pero el Señor le dijo: «¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. ¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior? Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros».
___________________________________
MI COMENTARIO
1. Jesús vuelve a “pelearse” con los fariseos, porque se quedan en cosas externas. Cumplidores de la ley exterior, creían agradar a Dios y a los hombres en todo. Pero tenían el peligro de poner todo su empeño sólo en lo exterior, de cuidar las apariencias, de sentirse demasiado satisfechos de su propia santidad, labrada de normas externas, pero no llegaba al corazón. Jesús quiere que reflexionen y cambien, se conviertan. Sólo se preocupaban de limpiarse las manos, purificar los vasos por fuera. ¿Y el corazón? ¿Y la caridad con el prójimo?
2. Reflexionemos también nosotros hoy: los detalles externos, que pueden ser legítimos, sin embargo, no son tan importantes como las actitudes interiores. Pero no podemos quedarnos en mero formalismo. No podemos contentarnos con lo exterior. Los gestos deben ser signos de lo interior, de un corazón humilde, caritativo, limpio, desprendido, sencillo.
3. ¿Cómo podemos limpiar nuestro interior, nuestro corazón? Con los buenos pensamientos, los afectos santos y limpios, con la rectitud de intención al hacer las cosas. Y sobre todo, acudamos con frecuencia a la confesión sacramental, para limpiarnos nuestro corazón de todo aquellos que desagrade a Dios. Hagamos todo para agradar a Dios y no a los hombres. Cuando cuidamos esto, nuestro ejemplo ante los demás será espontáneo y sincero, humilde y sencillo. ¡Cuántos detalles de amor y servicio con sus hermanas hacía santa Teresita de Lisieux en el convento, y pasaban desapercibidos, o san Martín de Porres, y tantos santos y santas! Pero Dios todo lo ve. Y se alegra.
Nuestra religión católica no es una religión del deber y de las normas, sino de la fe y del amor a Dios y al prójimo. Y si cumplimos las normas es por amor a Dios y para edificación de nuestros hermanos, pero no para llamar la atención y querer obligar a Dios a que nos regale el cielo. No. ¡Todo es gracia de Dios! Que todo lo que hagamos hoy agrade a Dios. Les mando la bendición de Dios, P. Antonio Rivero, L.C.







