Evangelio 2 Febrero | La presentación del niño Jesús en el templo

MARTES, 2 DE FEBRERO
FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

RESUMEN DEL EVANGELIO, MARTES 2 DE FEBRERO,
FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO
XXV JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA INSTITUIDA POR SAN JUAN PABLO II EN 1995

Evangelio, Lucas 2, 22-40: Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.
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MI COMENTARIO

1. Veamos a María y a José presentando a Jesús en el templo para ofrecerlo y consagrarlo a Dios. ¡Qué maravilla! Jesús se ofrece al Padre completamente, totalmente. Y ellos mismos, María y José, también presentaban la ofrenda de su fe, confianza y amor a Dios. Ellos se habían consagrado también a Dios en cuerpo y alma. Son, por así decir, los primeros consagrados, dedicados completamente a Dios y a Jesús. ¿No es hermoso esto?
2. Contemplemos a los dos ancianos, testigos de este entrega de Jesús: anciano Simeón y la anciana Ana. Nos iluminan estas palabras del papa Francisco: «Contemplamos el encuentro con el anciano Simeón, que representa la espera fiel de Israel y el júbilo del corazón por el cumplimiento de las antiguas promesas. Admiramos también el encuentro con la anciana profetisa Ana, que, al ver al Niño, exulta de alegría y alaba a Dios. Simeón y Ana son la espera y la profecía, Jesús es la novedad y el cumplimiento: Él se nos presenta como la perenne sorpresa de Dios; en este Niño nacido para todos se encuentran el pasado, hecho de memoria y de promesa, y el futuro, lleno de esperanza» (Homilía de S.S. Francisco, 2 de febrero de 2016). Pensemos hoy en esto.
3. También nosotros hoy presentémonos a Dios y ofrezcámonos a Él. Ojalá que pudiéramos decir con san Juan Pablo II: “Todo tuyo soy”. Juan Pablo II se lo decía a María. Nosotros digámoslo a Dios. Nuestro corazón pertenece al Señor desde el día del bautismo. Presentemos también a Dios a nuestros hijos y amigos, nuestros anhelos e ilusiones, nuestros dolores y alegrías. Y salgamos del templo felices y radiantes para llevar a todos las luz de Cristo. Por eso a este día también se le ha llamado el DÍA DE LA CANDELARIA, día de la Luz. Cristo es nuestra Luz.

Pidamos hoy especialmente por todos los religiosos, religiosas y consagrados a Dios, pues hoy celebramos la XXV Jornada Mundial de la vida consagrada. La vida de los consagrados podría parecer una provocación y un sin sentido a los ojos de muchos. Y no es así: somos como los sacramentos de Cristo, es decir, signos visibles de una realidad invisible: visibilizamos a Cristo pobre, casto y obediente. Somos la proyección de Cristo Luz. Ver a una monja, a un religioso, a un consagrado es ver a Cristo en ellos. Sí, nuestros votos son, por una parte una renuncia, pero porque supone también una preferencia. Renuncia a los bienes materiales. Renuncia al matrimonio. Renuncia y ofrecimiento de nuestra libertad en manos de los superiores. Pero también una preferencia. Por la pobreza gritamos que Cristo es nuestra Riqueza. Por la castidad gritamos que Cristo es nuestro Amor supremo. Por la obediencia gritamos que Cristo es nuestra Libertad y somos sus servidores a tiempo completo. Gracias, amigos, por rezar por nosotros especialmente hoy. Les mando a cada uno la bendición de Dios, P. Antonio Rivero, L.C.

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